domingo, mayo 10, 2009

viernes, abril 11, 2008

Ls RSDnTS

lunes, abril 07, 2008

Ya Fue

A abordar el borde de un acorde, tal vez del que habrá sido el último, se dispuso, por pura cortesía, Doña Cirla.
A pesar de haber podido ejercer su derecho a desacuerdo optó por la réplica, y ya frente al público -con la cordura o con la ironía que la cuarta Sinfonía de Sepúlveda puede inspirar en alguien que ha dedicado más de la mitad de su vida, por no decir toda, a envejecer día tras día, ejecutando con movimientos ágiles pero perezosos, siempre como quien cuenta en haberes, felizmente, con un timón fuera de borda entre sus manos, aquellas partituras indómitas- inauguró la primera sonata al hacer crujir de su intrumento del demonio tres de las cuerdas superiores, las de color verde, que tan parecido sonido tienen a una guadaña haciendo lo propio. Increíblemente brillante; agitando ese aparato como a un polluelo de corazón joven estuvo Doña Cirla durante seis horas cátedra, y pletórico hasta la náusea retumbó el aullido del público que aplaudió de pie.
Tambien se recuerda que de la cuerda de pluma azul no quiso compartir, al menos esa noche, ni sus temblores, ni sus súsurrus limbus, porque decía que se sentía en ese momento colgada como un signo de interrogación pero impreciso, sin previas palabras fijas; y que era el trémolo que ella producía -que hacía vibrar la trimolera sobre el atril de tres patas- su mayor desconcierto, su temor de no temerle a nada, y su tendencia a desaparecer, como ahora.

domingo, abril 06, 2008

Swing

Que sea rápido. Ha de ser algo conciso, breve, contundente. No quiero sangre. No quiero golpes bajos. Nada de puñales por la espalda. Tienes que enfrentar la escena, ponerle el pecho. Después de todo no hay por qué temer. Ni tenemos por qué ocultar nada. Todo a la vista. Sin tanta vuelta ni dobles discursos. Que por algo no somos políticos. Hemos de ser sinceros. Estar seguros. Ir directamente al asunto. Pero todo a su tiempo. Tampoco debemos apresurarnos. No hacer nada que la situación no requiera. Hablar lo justo. Sobre todo, no cometer errores. La oporunidad es única y no podemos desaprovecharla. El espacio es reducido. La luz no será mucha pero bastará con percibir las siluetas, eso es suficiente. No te dejes guiar por la intuición. Usa el poder de tu mente, aunque sea ridículo. Controla tu cuerpo. No te arrebates. Planifica. Imagina. Haz tu trabajo. Cumple con tu parte del contrato. Luego podrás bailar un tango, si es eso lo que deseas.

sábado, abril 05, 2008

Pastillas

Doce docenas de ideas decadentes de tanta indecencia decrépita deambulan deshechas, dentro y fuera, desdichadas, se desploman por un pasillo de dulce chocolate templado al diez por ciento, al doscientos por ciento, hasta llegar al otro costado desarreglado y pleno de baratijas, de ututos ululantes, de úvulas y huevas de calamar momificado, todo teñido el borde del cielo razo de sangre sintética, de tarde noche de pintura barata en los labios y cejas de terciopelo, medias de seda tururú, y todo eso que te quieren vender como si fueras una piedra o un cubículo, un hueco, un estar vacía, un tener nada, que todo hay que comprarlo y todo con dinero se arregla, hasta las malas ideas con dinero se convierten en best sellers, en grandes marcas, en estilos de vida, hasta las vidas más desgraciadas sorprenden por su felicidad fingida gracias a la pasta, la pastita, la pastita, y las pastillas, doce pastillas por día debo consumir hasta completar las doce docenas, entonces volveré a ser yo misma, una, particular, única, sin maquillaje, sin silicona, sin pintalabios barato, sin medicinas, sin pastillas y sin pasta, pero yo misma, yo única, yo mitad yo y yo mitad otra, porque ella nunca desaparece del todo, se difumina por un rato no más, se deshace, se deshilacha, se desdobla, se desordena, se desintegra, pero siempre regresa, cuando la llamo, cuando la necesito, yo sé que cuando quiero escaparme ella me rescata, ella es mi liberación, mi desahogo, y también mi desconcierto.

jueves, abril 03, 2008

Natasha

La primera vez que contemplé la figura de Natasha supe que mi vida sin su presencia no tendría ningún sentido. Fue en Marruecos, en una discoteca muy popular de Tánger. Tenía 12 años y había ido junto a mi padre. Él estaba enamorado de aquella mujer y mi madre lo sabía. Mi madre es la tercera esposa de mi padre. Ella y mis tías ya no esperaban aceptar una nueva esposa. La vida no era como antes. La herencia que mi padre había recibido y de la que se obtenían los fondos para la gran familia estaba comenzando a desaparecer. Sin embargo, en mi casa, no se escatimaba en gastos ni, muchas veces, en pequeños lujos innecesarios.
Mi padre tenía la intención de conquistar un nuevo amor, una nueva esposa. Todos lo sabíamos. Pero no era lo que queríamos. Nosotros pretendíamos emigrar a europa; hacer la vida que desde allí veíamos por televisión.
Pero algo pasó. Algo, desde esa noche en que vi a Natasha y deseé, profundamente, que mi padre la tomara para sí, dejó de ser igual. En aquel entonces creí, ingenuo yo, que esa era la manera de conseguir que su voz se oyera siempre muy cerca mío. Esa noche en Marruecos conocí el amor verdadero. Yo, al igual que mi padre, comencé a amar a Natasha. Y de ahí en más, cada vez que pude, insistí en que mi padre contrajera casamiento.
Hoy soy ya un abuelo, y como es natural, con la edad, uno aprende a conservar el amor de otra manera. Tengo doce nietos. Soy feliz. Mi padre hace tiempo que se ha marchado. Mis tías, mi madre, primos, y yo, emigramos a europa; hemos logrado establecernos y ya nos consideramos parte de esta tierra. De Natasha guardo el recuerdo de su voz, la ilusión del primer encuentro, ninguna culpa.

miércoles, abril 02, 2008

Cien PaLaBraS

Es de noche. En mi habitación estamos tres moscas, la gata, herencia de una amiga, y yo. Las moscas vuelan. Molestan. La luz de la pantalla las seduce. La gata juega con ellas. Pasa sobre mí y se abalanza sobre las moscas. Pero se confunde, se pone como inconsciente y apoyándose en sus patas traseras comienza a dar manotazos a diestra y siniestra. Yo, que intentaba concentrarme, debo detener a la gata, pues no quiero que me estropee el monitor. Entre las moscas y la gata ya no pretendo escribir mucho más. Por hoy sólo cien palabras, apenas una mosca.

martes, abril 01, 2008

Una tristeza de relato

Hoy es 1 de abril de 2008, y yo voy a escribir una tristeza de relato. Porque hoy no es domingo. Pero tal vez no sea por eso, no. Porque la distancia también se impone. El espacio, además del tiempo, me gobiernan como los tiranos a sus pueblos.
Hoy vino un amigo a visitarme, a casa. Diego, se llama, y su compañía no es del todo desagradable. Como somos amigos, ninguno de ambos está obligado a hablar, ni a guardar algún tipo de protocolo. De manera que cuando sé que está por llegar dejo la puerta entreabierta, y sin esperar a recibirlo, sigo con lo que estaba haciendo. Si en ese momento estoy lavando unos calcetines, pues a lo mío. Si estoy leyendo a Plutarco, a seguir leyendo, y mejor que no se oiga el bolido de una mosca. Diego entra. A veces va directamente a la cocina y prepara mate, o unos buenos mateamargos, y después recién nos saludamos, nos miramos, cómo va, todo bien. Otras veces enciende el televisor sin sentarse ni nada y se pone a mirar cualquier cosa, durante diez minutos, o hace zaping mientras con la otra mano se rasca detrás de una oreja. Siempre se está rascando, y cuando le pregunté que por qué lo hacía, me dijo que era la primera vez y que no era una costumbre suya, que yo estaba confundido o me lo estaba inventando. Lo dejé pasar. Cuando se le mete algo en la cabeza, así sea una pulga, se muestra como el tipo más testarudo que se haya visto jamás, pues es imposible hacer que cambie de opinión, o liberarlo de la pulga. Así y todo es una buenisima persona, que cuando quiere, sabe demostrar sus sentimientos. Además tiene un particular sentido del humor, no muchas veces visto. Un día me regaló un arpa en miniatura. Seguramente para exibir su sagacidad, o lo que él consideraría una sutil ironía, pues si bien no soy del todo enano, mi estatura está al límite de lo que se considera normal para una persona de mi edad. Yo no le dije ni mú. Bueno, en realidad le agradecí el gesto, pero quiero decir que hice como que no me había dado cuenta de la intención, evidente pero supuestamente oculta o indirecta, con la que lo había perpetrado. Hice como si aquel golpe bajo fuese un regalo de lo más normal del mundo para mi cumpleaños número 37, cuando en verdad era otra cosa. Yo sabía que esa arpa casi para niños, aunque reconozco que confeccionada con esmero y hasta con calidad artística, no era un instrumento con el que se pudieran obtener notas, acordes y melodías más o menos perfetas, sino un signo que remitía a otra cosa, y esa otra cosa era, por añadidura de mi estatura, yo mismo. De ahí la analogía entre mí y el arpa. Los dos hechos a imagen y semejanza de otros, sin embargo, ambos, no estábamos a la altura de los demás. Me quedé pensando.
Escucho que abajo, me mudé hace poco a un tercer piso, alguien está silbando o gritando. Diego ya hace rato que se fue. Acabo de hablar por teléfono amb la meva xica què està, per raones de salut de la seva mare, molt lluny d'aquí. Yo estoy mutando hacia la tristeza cada vez que ella se aleja dos pasos. Necesito viajar cuanto antes. En una página de internet en la que se pueden intercambiar objetos pongo mi anuncio, que espero alguien responda pronto: Urgente! cambio arpa en miniatura por billete de avión LowCost.

domingo, marzo 23, 2008

jueves, marzo 20, 2008

La crueldad y la magia

El mapa de nuestro amor es un laberinto. Cada uno de nosotros camina por un pasillo. Cada tanto nos cruzamos, nos miramos. A veces nos dedicamos algún gesto y entonces nos reconocemos. Somos felices. Pero otras veces apenas nos percibimos. Y nuestras presencias se dispersan en la nada. Luego, avanzamos o retrocedemos como podemos. Somos inexpertos. Vamos andando como si de un día para otro nos hubiéramos quedado ciegos.
El laberinto tiene varias dimensiones. Nadie sabe cuántas. Uno puede pasar de unas a otras sin tener conciencia de ello, sin siquiera desearlo, tal vez, por capricho de algún ser que desconocemos, o quizás, por simple distracción o curiosidad. De vez en cuando coincidimos por un momento en un mismo universo y nos amamos, como la primera vez, por toda la eternidad. Somos intensos. Volvemos a ser felices. Después, casi inevitablemente, nos dispersamos. Y nos quedamos vacíos.
Con el tiempo, cada uno intentará vivir en aquel instante para siempre. Y eso nos mantiene anhelantes. Hay que estar continuamente alerta. Nunca se sabe cuándo será el próximo encuentro.
Pero el laberinto cuando no es mágico es cruel. Y eso nos convierte, también a nosotros, en seres mágicos, o crueles, por naturaleza. Porque nosotros somos el laberinto. Somos el mapa. El amor. La crueldad y la magia.

miércoles, marzo 19, 2008

El que lee las paga

'Quien se alimenta de Palabras Divinas, nunca será pobre de espíritu'- Rezaba el mural del templo. Y más abajo, en letras menores pero perfectamente visibles, colabore con 10c.

Dispersión

El viaje es otra vez en tren. Es un viaje real, bastante largo. aunque no tanto como otros. Llegaremos a Ponferrada cerca de las 7 de la mañana. En Ponferrada hace frío. Hay cerros, cabras y cigüeñas. Allí vive mi madre, con quien hace 3 años que no nos vemos. Vive con una de mis hermanas y con uno de mis sobrinos. El viaje recién comienza. Es de noche. El lugar que me ha tocado para sentarme es ridículo. En un camarote entran 8 personas. 4 plazas de cada lado. Yo voy sentado en la segunda luego de la ventana, ubicada en el mismo sentido en que viaja el convoy. Tengo alucinaciones. Tengo la sensación de estar viajando en sentido contrario a la dirección del tren y de la vida. Siento como si el paisaje fuera desapareciendo ante mi mirada, mientras el mundo deja de existir a medida que avanzo. El viaje es real pero yo no sé. No me puedo explicar. Atravesaré un desierto minado antes de llegar a destino. Más que un desierto insoportable diria que ahí adelante me aguarda una cordillera helada o una postal de saturno que quedará tatuada para siempre en mi cerebro. Intento fébrilmente darme ánimos para superar lo que vendrá. Las puertas de los vagones están bien cerradas, son electrónicas, no hay manera de saltar. De aquí uno no se escapa. Esto es el atolladero. El viaje en tren es simbólico. Llevo 8 años extraviado en un laberinto de montañas nevadas. Ya no busco una salida. No intento huir. He desarrollado un nuevo instinto de supervivencia. Me gusta el silencio. Me gusta el frío. Uno se acostumbra a todo, se adapta, se deja habitar por el sinsentido del mundo. He aprendido a vivir de otra manera, congelado, inerte. He aprendido a amar el caos. Por las ventanas del camarote no puede verse nada hacia el exterior, pleno negro. Cada tanto una sombra, alguna luz, lejana, siempre esquiva.
Cuando bajo del tren en Ponferrada me esperan ochocientos metros hasta la casa de mi madre. Los hice caminando de prisa. Hacía frío.Pero cuando creí haber llegado al sitio en el que debería haber encontrado el portal vi que en su lugar se hallaba una plaza con juegos para niños inexistentes. Supuse que podría haberme equivocado de calle, así que volví hacia atrás, llegué a la esquina, busqué con la mirada la indicación del nombre de la vía. Comprobé que no estaba en el error, y que en efecto, el edificio en el que residía mi madre debería estar donde ahora se encontraba esa plaza. Eran más de las 7.30. ¿Qué significa todo esto? Tengo la sensación de que se trata de un sueño. Pero el frío no me deja pensar con precisión. Busco un bar donde tomar un café y calentarme un poco, fumar un pucho. Despejarme.

sábado, marzo 15, 2008

nota 24

Me llama el mar. Las olas me llaman todo el tiempo. Pero como no puede morir el personaje y ser un muerto y andar así nomás como una voz diciendo cosas por ahí, palabras a las que nadie presta atención, mejor alejarse de la orilla. Refugiarse por acá, lejos. Pedalear ligero. Alejarse. Llegar a la estación de trenes. Plegar la bicileta y subir. El rumbo todavía no se sabe. Estoy en el tren. Sentado en un asiento en el que quedan aun dos lugares libres. Estoy junto a la ventana. Pasa como una película un paisaje de ciudad, luego, menos vestigios humanos, más naturaleza, las montañas. El tren avanza. La playa es ya un recuerdo. Las olas son mi amor a distancia. Mientras el tren se hace trizas hasta desaparecer yo me voy abriendo camino entre la maleza. A medida que me adentro en la espesura la vegetación se torna más imbricada, exhuberante y hermosa, pero difícil de penetrar. Es muy difícil moverse en esta situación. No recuerdo que llevara ninguna herramienta con la que ayudarme. Me veo moviendo las manos y los brazos torpemente, atrapado por las lianas y picado por algunos insectos. Confundido por el calor. Cierro los ojos apretando fuertemente los párpados. Grito lo más alto que puedo. Pido socorro. Silencio. Cuando abro los ojos descubro que estoy en una habitación alquilada. No es mi hogar. No sé si de mí hay algo en este lugar. Desde la ventana me observa el mar. Alguien llama a la puerta. Respondo enérgicamente, como si estuviera gritando desde el fondo de un pozo, pero de mi voz no se oye ni una nota. Inmediatamente intento alcanzar el picaporte. Es entonces cuando me desvanezco. O el mundo se desvanece. Mi cuerpo atraviesa las paredes arrastrándome. Y recién entonces percibo que esto ya no soy yo. No puedo ser lo que soy. Me observo por fragmentos. Un simple fantasma que se ríe de mí. Yo soy ese fantasma; el sueño inconciente de un payaso que guía mis movimientos.
Me despierto. Dos lugares siguen vacíos a mi lado. El tren se detiene. Yo me detengo. El relato, como el eco de una voz que cruza todos los universos y retorna a su origen, continuará.

nota 23

Salí. Fui a la playa. Porque tengo la suerte de vivir en una ciudad en la que hay una playa. No es una playa natural pero ahí está. Y ahí estuve hoy. No hice mucho. Anduve en bicicleta. A la playa fui en bicicleta. No es mía la bici, me la prestó mi compañero de piso, el chileno, muy amable. Es una bici de estas que se pliegan, naturalmente, cuando no se usan. Para usarlas hay que desplegarlas. Anduve por la arena, y la rueda de adelante patinó y casi me caigo. Había mucho viento y el agua estaba algo agitada, no como otras veces que apenas se mueven las olas. Hoy el mar está revuelto, escuché que decía una persona a otra, no sé si era una vieja o un viejo. Era gente que estaba pescando. Todos sabemos, los que vivimos por acá, que está prohibido pescar en esta zona. Sin embargo siempre hay alguien que pesca y alguien, un complemento, que es pescado. Espero que esta vez no me toque a mí, como la otra, que mordí el anzuelo y después me dolió la boca durante un mes y medio o mucho más. Esta vez no. Pero me tienta picar el anzuelo. Todo se ve tentador, dulce. Eso tiene que estar bueno. Pero me alejo. Me distraigo viendo a unos niños que juegan colgándose sobre una estructura que tiene sogas entre hierros dispuestos a manera de ramas de árbol. Sigo pedaleando. El mundo imita al mundo. Cuando comienzo a sentir frío me apuro, pedaleo más rápido. Ya no quiero estar en este lugar. La gente tiene que apartarse a mi paso. Podrían multarme por conducción temeraria. Pero yo avanzo a toda velocidad. Si puedo volar vuelo. Entonces retrocedo. Y empiezo otra historia. Tengo dos hijos. No diré sus nombres. Son pequeños, gemelos. Uno es testarudo y también el otro. Uno es curioso y el otro igual. Los quiero con locura, por eso los abandoné. Los dejé tirados. También a su madre. A ella también la amé con demencia. Para toda la vida. Todavía la veo hermosa como si me amara. Aun la amo. A los niños también. Pero ya no estamos juntos. Yo tenía frío y apuré el paso. Me sentía helado. Yo era un enigma en la escena de un crímen inexistente. No hubo caso. El informe fue apenas un folio con tres líneas. Se oyó un grito. Algo pasó. Salí. Fui a la playa.

viernes, marzo 07, 2008

Nota 19. Viernes 7 de marzo

Me levanté mal. Igual que la noche anterior apenas pude descansar. Tengo mocos. Tengo diarrea. Tengo miedo.
Hoy es viernes. Debería liberar a todos los demonios. Debería existir. Debería volverme loco. Pero no sé qué voy a hacer. Me siento como un montón de frases cortas, desordenadas, inconexas. Un puñado de esquirlas dispersas en la pampa. Se disuelve mi vida y yo no puedo, o ya no quiero, hacer nada más para evitar otra catástrofe. Un tsunami interior. Un reacomodarse de las capas más profundas de mi propio ser. Otra mutación horrible. Una mutilación. Se desgarra la piel. Se desarman todas las articulaciones, todos los vínculos. Los ojos no sirven para ver ni las piernas para caminar. No hay camino. No hay tiempo. Las palabras son silenciosas, son esquivas, traicioneras, ya no son palabras.
Me levanté mal y sigo mal, aunque de todas maneras, a pesar de la marea endemoniada, he salido a buscarme, lejos, quién sabe dónde, en el mar. Nada tenía que perder. Nada tengo. Mi barco no existe, yo no existo, el mar, pura literatura.

Sentir mata

Estuve distante de mí todo el día, como la otra vez, esquivándome. Necesité alejarme, abandonarme como a un perro después de las vacaciones. Exhiliarme de mí. Huir de mí mismo. Para dejar de ser un extranjero en este cuerpo, anduve así, nervioso como un gato en una mudanza, hasta que se hizo de noche y la tormenta, paso a paso, fue amainando. Después me quedé eternamente dormido y ya no supe nada más. Qué tranquilidad!

jueves, marzo 06, 2008

Nota 11

ss gg hh

Mutaciones

El hexagrama muestra, en el trigama superior, la montaña, Ken. Y dice, mantente quieto. Mientras que el trigrama inferior habla del cielo, Ch'ien, lo creativo. La explicación dice que ambos trigramas implican luz y claridad. Pero las mutaciones advierten que el peligro aun persiste. Debo ser cauto, permanecer alerta, alimentarme mejor.
Me quedo en silencio, rumiando estas palabras, cuyo significado todavía no comprendo. Pasan dos mil años. Ya no hay peligro. Tampoco hay montaña, ni quietud. El cielo, lo creativo, ha destruído todo lo que quedaba de mí, con la excusa de renacerme. La luz, y la claridad, me han cegado. Pero yo espero, sin embargo, que nada de esto sea verdad.

miércoles, marzo 05, 2008

un cuento

Una máquina de escribir escribe si alguien detrás de cada tecla presiona sus dedos. Pero las máquinas de escribir ya son piezas de museo y nadie hoy en día las usa. Aunque de todas maneras, con los ordenadores sucede lo mismo. También hay aquellos procesadores de texto en los que no hace falta escribir sino directamente dictar, en voz alta. De manera tal que uno dice había una vez y la máquina escribe habíaal guna bez... luego esto se corrige mediante un programa desarrolado para este fin y listo, ya se tiene un cuento.

Continuará

Un escritor, que me enseñó a escribir, me lo enseñó todo. Cómo cambiar el sabor y la templanza de un vino variando la intensidad con la que se lo descorcha; desanudar mil doscientos gramos de hilo de plástico previamente enredados por dos niños muy traviesos; contar hasta el infinito en sentido inverso; calcular la raiz cuadrada del amor que uno siente en soledad; interpretar los sonidos de un grillo en las noches de solsticio de verano.
Me enseñó también, el mismo escritor, que aquello sobre lo que nada se sabe existe, y que además es un muy buen negocio hablar de ello...o callar.