Es de noche. En mi habitación estamos tres moscas, la gata, herencia de una amiga, y yo. Las moscas vuelan. Molestan. La luz de la pantalla las seduce. La gata juega con ellas. Pasa sobre mí y se abalanza sobre las moscas. Pero se confunde, se pone como inconsciente y apoyándose en sus patas traseras comienza a dar manotazos a diestra y siniestra. Yo, que intentaba concentrarme, debo detener a la gata, pues no quiero que me estropee el monitor. Entre las moscas y la gata ya no pretendo escribir mucho más. Por hoy sólo cien palabras, apenas una mosca.

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