lunes, febrero 25, 2008

Aeropuerto

Por A_Zeta

Estoy en el aeropuerto. Pasillos. Líneas rojas y líneas amarillas que, adheridas al suelo, indican un camino. Por momentos la senda se multiplica, se triangula o se hace astillas, luego, como puede, desaparece debajo de una puerta, ni que fuera una víbora en medio del monte, escamoteándose entre lo verde. Entonces caminamos todos desorientados, como cuando a las hormigas se le tapa, por maldad o tontería, la entrada al hormiguero.
Mi tarjeta de embarque dice que a las 6.30 AM debo embarcar por la puerta número 27. Este número no me dice nada más que eso, no mucho más, aunque depende de cómo se lo interprete. Si hubiera sido el 26 me hubiera quedado pensando en una señal del universo, la que siempre espero y creo, a veces, tener delante de la nariz, pero sin saberlo. Porque el 26 es un número raro para mí, no sé si mágico. Pero la puerta que me indica la tarjeta de embarque es la 27. No hay vuelta atrás. Busco el vuelo en una de las pantallas, y en efecto, el embarque se producirá a la hora pautada y en la puerta apuntada. No hay cambios.
Estamos en un sótano. Hay gente. No sé calcular cuántas personas somos, pero podría decir que bastantes. Quienes ya estamos en este lado del aeropuerto tuvimos que pasar el habitual control policial, rutina que me pone muy nervioso, aunque no deje de controlarme, hasta el punto de no levantar ninguna sospecha ni en los perros ni en las máquinas ni en los polis.
De pronto, tengo una sensación repentina, pasajera pero constante, diría que contradictoria, de haber estado siempre en este lugar como un mutante. Estoy sentado en una de las sillas que está ubicada casi debajo de un televisor, pero no estoy mirando la tele, no sé qué miro, el más allá. Escucho que por los altavoces, en ese tono universal que consiguen alcanzar con su voz las personas (¿o son máquinas?) que anuncian las partidas de los vuelos, o que recuerdan que uno debe cuidar sus pertenencias, nunca las de los demás, urgentemente se requiere la presencia, en la puerta número 26, de un sujeto cuyo vuelo tiene por destino Málaga. Último aviso: se requiere la presencia, en la puerta 26…y ahí es cuando no lo puedo creer. La persona a la que están llamando tiene mi nombre.
Desde donde estoy sentado puedo ver la susodicha puerta, encima de la cual hay un enorme cartel de fondo negro sobre el que resalta el número 26 en color amarillo. Veo también, detrás de un pequeño mostrador, a una azafata que nerviosa cuelga el micrófono, y de la nada, acto seguido, extrae un handy. Nadie se acerca. La mujer se da cuenta que la observo, azorado, seguramente con esa expresión que no conozco del todo en mí sino a través de la mirada de los otros. Hago como un gesto de decir algo pero de mi boca no llega a surgir ningún sonido similar a una palabra, cuando la señorita del mostrador, sin darme tiempo a nada, me increpa: Es Usted el señor tal? Afirmativo, respondo policialmente. Y si no es sordo, aunque tal vez sea estúpido le faltó agregar, ¿por qué no se acerca a embarcar?
Son las 6.30 de la mañana. A la chica del handy no le digo nada. Me levanto y camino hacia la puerta 27. La azafata aun me observa, tornándose, según interpreto a partir de su aspecto general, cada vez más sorprendida, o consternada, tal vez ante mi reacción muda e indiferente. Estoy a punto de embarcar en la 27. Soy el séptimo en la fila india, algo desordenada, que se va formando o creciendo como una lombriz solitaria. La azafata de la puerta 26 hace aparecer el handy, entre sus manos temblorosas, nuevamente con maestría, orgullosa. Intuyo que habla con la policía. Me doy cuenta por sus gestos algo inquietos, por su mirada. Es mi turno. Miro a la chica. Ella mira en dirección a las líneas amarillas y rojas como esperando a que alguien aparezca. Me piden el pasaporte. Lo entrego. Me piden la tarjeta de embarque y se la doy. Pasan mi billete por una máquina y me lo devuelven. Ya estoy en la pasarela que conduce al avión. Echo una última mirada hacia atrás y nada raro, excepto la azafata de la puerta 26. Camino más o menos deprisa, pero para mi desconcierto, la pasarela no conduce al avión, como pensaba, sino a un autobús. El avión está en la pista previa, agazapado, ¿esperando para devorarnos? Subo lo más rápido posible, dando pasos largos, inútilmente, pues detrás de mí vienen muchos pasajeros. Pasan unos segundos eternos. Desde aquí ya no puede verse qué hay detrás de la boca ( ¿o es el culo?) de la pasarela por donde fuimos emergiendo los pasajeros de mi vuelo. El autobús cierra sus `puertas automáticamente, y se emprende la marcha. El conductor acelera. Avanzamos, aunque estemos parados en un mismo punto, aparentemente inmóvil, y a medida que nos alejamos de la pasarela me voy sintiendo cada vez más a salvo. Frena. El autobús, ni que hubiera muerto súbitamente, se detiene de golpe. Dentro se producen algunos movimientos involuntarios. La inercia nos domina un instante. Luces intermitentes que se acercan recorriendo la estela casi imperceptible, salvo para los sabuesos, que ha dejado el caño de escape del autobús. Es un vehículo pequeño que parece pertenecer a alguna fuerza de seguridad, vigilancia o represión. Estaciona al lado del autobús, justo en la puerta del centro. Del coche descienden dos hombres con cuerpo de perro, uno con aspecto de rata, y la señorita del mostrador, a quien no deseaba volver a ver a pesar de su belleza. Se abren las puertas del autobús. Los pasajeros murmuramos. Hay desconcierto y también cierta expectativa, de parte de algunos, que espían a los demás como buscando un culpable. Uno de los policías, el que tiene cara y cuerpo de rata, se asoma y pregunta, como chillando, por un hombre cuyo nombre es el mío. En este momento no sé si mi nombre es, o soy, yo. No sé si identificarme o intentar pasar desapercibido. Me imagino a todos los pasajeros en una sesión compartida de interrogatorio y el momento en el que descubren que el buscado soy yo. Todos mirándome y odiándome por haberles hecho perder tanto tiempo, por retrasar el vuelo. Nada de eso me importa. Elijo quedarme en silencio y soportar el odio de los demás, con la esperanza de que nos dejen ir.
El hombre rata vuelve a preguntar, mientras los hombres perros ya van subiendo al autobús para observarnos de cerca. La azafata husmea un poco el interior y me reconoce instantáneamente. Me señala. Me obligan a descender entre gruñidos. El autobús se pone en marcha y cierra sus puertas al mismo tiempo. Se aleja.

Son las 6.47. Hace ya casi 5 minutos que espero, aquí, donde me dejaron aquellos tipos. Dijeron que harían averiguaciones sobre mi caso. Hicieron bajar mis maletas del avión y las tengo ahora delante de mí. Sabía que iban a revisar todo mi equipaje y si fuera necesario, al no encontrar nada sospechoso en él, mi cuerpo. Sé que utilizan máquinas de rayos que pueden ver el interior de cualquier persona, no importa si es gorda, flaca o tímida, como yo. El avión ya estará en pista. Nadie viene y yo comienzo a perder la paciencia. Pero pienso que aun estoy a tiempo. Sólo tendría que correr muy rápido y sobornar a algún conductor que me llevara hasta la pista. Detener al avión, subir volando si es necesario. Tengo que tomar una decisión ahora, no puedo perder más tiempo. Me pongo de pié y comienzo a caminar, enojado como los tigres del zoológico, impaciente; encerrado en esta pequeña habitación vacía buceo mi mente en busca de una salida. Hay una ventana suficientemente grande en una de las paredes, pero su vidrio es espejado y no puedo ver qué hay del otro lado, sólo observo el reflejo de mí mismo, y veo que parezco un escolar castigado por su maestra, sin comprender, todavía, el motivo.
Son más de las 7. Tal vez 7. 30.. Llega uno de los hombres raros que me trajo hasta acá. Se parece a un ovejero alemán. ¿Usted todavía aquí? Eso mismo deseo saber yo, le espeto veloz, y agrego, si me encuentro aquí, en un avión rumbo a Málaga o en otro rumbo a Buenos Aires. ¿Usted qué opina? Le paso la palabra. Más bien se la pateo como un penal.
Acompáñeme, dice, de mala manera, creo que aun está a tiempo de viajar, hay tormenta de nieve y todos los vuelos están saliendo con un moderado retraso.
Me lleva a otra oficina, despacho o similar, donde hay un tipo que él reconoce como superior.
- Jefe, se acuerda que le comenté sobre el tipo que volaba casi al mismo tiempo en dos vuelos distintos…. Pues aquí lo tiene.
Ah!! Sí..sí…dígame, me dice, ¿en qué puedo serle útil?