martes, abril 01, 2008

Una tristeza de relato

Hoy es 1 de abril de 2008, y yo voy a escribir una tristeza de relato. Porque hoy no es domingo. Pero tal vez no sea por eso, no. Porque la distancia también se impone. El espacio, además del tiempo, me gobiernan como los tiranos a sus pueblos.
Hoy vino un amigo a visitarme, a casa. Diego, se llama, y su compañía no es del todo desagradable. Como somos amigos, ninguno de ambos está obligado a hablar, ni a guardar algún tipo de protocolo. De manera que cuando sé que está por llegar dejo la puerta entreabierta, y sin esperar a recibirlo, sigo con lo que estaba haciendo. Si en ese momento estoy lavando unos calcetines, pues a lo mío. Si estoy leyendo a Plutarco, a seguir leyendo, y mejor que no se oiga el bolido de una mosca. Diego entra. A veces va directamente a la cocina y prepara mate, o unos buenos mateamargos, y después recién nos saludamos, nos miramos, cómo va, todo bien. Otras veces enciende el televisor sin sentarse ni nada y se pone a mirar cualquier cosa, durante diez minutos, o hace zaping mientras con la otra mano se rasca detrás de una oreja. Siempre se está rascando, y cuando le pregunté que por qué lo hacía, me dijo que era la primera vez y que no era una costumbre suya, que yo estaba confundido o me lo estaba inventando. Lo dejé pasar. Cuando se le mete algo en la cabeza, así sea una pulga, se muestra como el tipo más testarudo que se haya visto jamás, pues es imposible hacer que cambie de opinión, o liberarlo de la pulga. Así y todo es una buenisima persona, que cuando quiere, sabe demostrar sus sentimientos. Además tiene un particular sentido del humor, no muchas veces visto. Un día me regaló un arpa en miniatura. Seguramente para exibir su sagacidad, o lo que él consideraría una sutil ironía, pues si bien no soy del todo enano, mi estatura está al límite de lo que se considera normal para una persona de mi edad. Yo no le dije ni mú. Bueno, en realidad le agradecí el gesto, pero quiero decir que hice como que no me había dado cuenta de la intención, evidente pero supuestamente oculta o indirecta, con la que lo había perpetrado. Hice como si aquel golpe bajo fuese un regalo de lo más normal del mundo para mi cumpleaños número 37, cuando en verdad era otra cosa. Yo sabía que esa arpa casi para niños, aunque reconozco que confeccionada con esmero y hasta con calidad artística, no era un instrumento con el que se pudieran obtener notas, acordes y melodías más o menos perfetas, sino un signo que remitía a otra cosa, y esa otra cosa era, por añadidura de mi estatura, yo mismo. De ahí la analogía entre mí y el arpa. Los dos hechos a imagen y semejanza de otros, sin embargo, ambos, no estábamos a la altura de los demás. Me quedé pensando.
Escucho que abajo, me mudé hace poco a un tercer piso, alguien está silbando o gritando. Diego ya hace rato que se fue. Acabo de hablar por teléfono amb la meva xica què està, per raones de salut de la seva mare, molt lluny d'aquí. Yo estoy mutando hacia la tristeza cada vez que ella se aleja dos pasos. Necesito viajar cuanto antes. En una página de internet en la que se pueden intercambiar objetos pongo mi anuncio, que espero alguien responda pronto: Urgente! cambio arpa en miniatura por billete de avión LowCost.