A abordar el borde de un acorde, tal vez del que habrá sido el último, se dispuso, por pura cortesía, Doña Cirla.
A pesar de haber podido ejercer su derecho a desacuerdo optó por la réplica, y ya frente al público -con la cordura o con la ironía que la cuarta Sinfonía de Sepúlveda puede inspirar en alguien que ha dedicado más de la mitad de su vida, por no decir toda, a envejecer día tras día, ejecutando con movimientos ágiles pero perezosos, siempre como quien cuenta en haberes, felizmente, con un timón fuera de borda entre sus manos, aquellas partituras indómitas- inauguró la primera sonata al hacer crujir de su intrumento del demonio tres de las cuerdas superiores, las de color verde, que tan parecido sonido tienen a una guadaña haciendo lo propio. Increíblemente brillante; agitando ese aparato como a un polluelo de corazón joven estuvo Doña Cirla durante seis horas cátedra, y pletórico hasta la náusea retumbó el aullido del público que aplaudió de pie.
Tambien se recuerda que de la cuerda de pluma azul no quiso compartir, al menos esa noche, ni sus temblores, ni sus súsurrus limbus, porque decía que se sentía en ese momento colgada como un signo de interrogación pero impreciso, sin previas palabras fijas; y que era el trémolo que ella producía -que hacía vibrar la trimolera sobre el atril de tres patas- su mayor desconcierto, su temor de no temerle a nada, y su tendencia a desaparecer, como ahora.
lunes, abril 07, 2008
Ya Fue
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QfwfQ
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12:22 PM
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